El cuentito de Diego y el León
Por el tío Ariel
Había una vez un diego que se llamaba León y un león que se llamaba Diego.
El niño Diego era un León y era el rey de la selva. Su papá Adrián era “el Rey del mundo”.
El León Diego era un niño y era el sobrino del tío Ariel.
“¿Cómo había que hacer para que Diego sea un niño y León un animalito?”, se preguntó el tío Ariel. Pensó un rato largo. Y dijo: “ya sé... le voy a preguntar a la bruja, granuja y Silvanuja de Silvana”.
La bruja Silvanuja vivía en una cueva de terror.
El tío Ariel le mandó un e-mail. Y la bruja Silvanuja le contestó: “chist”. Luego, agarró la escoba y salió volando por la ventana. Fue a pedirles a las Hadas, Lucila y Celeste, la “Varita mágica”. Con la varita mágica dijo las palabras mágicas: “Abracadabra, pata de Cabra”.
Y finalmente el León se convirtió en el rey de la selva. Pero, lamentablemente, Diego se fue corriendo con su mamá Leticia, porque el León se quería comer al niño, de postre.
Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.
Dedicado a Diego León, en Florida Este,
el 19 de agosto de 2009, día de su nacimiento.
miércoles, 31 de marzo de 2010
lunes, 29 de marzo de 2010
martes, 25 de agosto de 2009
Algo de Historia del arte especulativa
El Momento
(por Ariel von Kleist)
“En este mismo instante necesito conocer una historia”. “El saber otorga poder”, dijo el teórico de la Ciencia inglés, Francis Bacon. Y, en este mismo momento, deseo ardientemente conocer la historia que desembocó en “ La extraña muerte del pintor Francesco Francia, conocidísimo en su época y el primero de la escuela Lombarda”. No ya como la relató un romántico alemán (Wilhelm Heinrich Wackenroder), de cuya pluma salieron relatos muy destacados; sino,
olvidando en la medida de lo posible, el influjo del poder del arte, y, desentrañando el trasunto histórico en torno a su figura.
Los alemanes piensan de una manera. Los italianos de otra. Y de los franceses, ni hablar. Pero yo no soy ni alemán, ni italiano, ni francés. Tengo una formación muy especial. Y ansío sacar a la luz esta historia trágica, desenterrándola de entre la maleza de las calumnias.
*****
Se rumoreaba que Francesco era homosexual. No tenía esposa ni hijos. Ocupaba su tiempo tomando bocetos de jóvenes adolescentes, varones en su mayoría. Pensaba que, en la historia de la pintura, era demasiado exuberante el hecho de retratar hermosas mujeres, como hacían todos. Él quería representar otra cosa. Volver a la época dorada de la antigua Grecia, “El siglo de Pericles”; pero enfocando la mirada en los Kuroi, los bellos atletas de los juegos olímpicos. Tenía unos pocos alumnos, también muchachos jóvenes; a quienes educaba en el ejercicio de las artes liberales, manteniendo largas conversacio- nes que rondaban sobre el tema de la filosofía de la pintura. Luego los dejaba en el taller, y se despreocupaba del trabajo que cada alumno hacía en el lienzo. Miraba detenidamente algunos trabajos, pero sugería exiguas correcciones. Se encerraba en sí mismo a la hora de pintar. Pero sus viejos ojos estaban comidos por la fijación intensa de la vista. Y la factura de su obra era muy pobre, a causa de su desgaste físico y mental. El hombre declina cuando es visitado por la vejez.
Un buen día, causa de falsas acusaciones, fue llevado ante un tribunal inquisitorial. Pero no se pudo comprobar fehacientemente su aparente sodomía. Y, después de mandarlo azotar por si acaso, le dejaron ir, y se archivó el caso.
*****
En su juventud había formado una escuela de vida ascética y dedicada por entero a las bellas artes. Tenía a la vista de todos, la obra de Overbeck: “El triunfo de la Religión sobre las artes”. La Madona sobre un frontispicio, sosteniendo al Niño, y, debajo, dos grupos de artistas calculando las tan famosas perspectivas, que se pretendían resaltar en aquella época convulsionada. La historia del Arte los denominó “Pre- Rafaelistas”, aunque en su aparente humildad, no se auto proclamaban con un nombre en especial. Esas cosas son de las primeras Vanguardias del siglo XX, en donde aparecen primero, los manifiestos, y, más tarde, los teóricos del arte. Era otra época. Y el maestro enseñaba su Doctrina por sobre cualquier mancha de especulación racionalista. El producto de la recaudación de los cuadros que se vendían, iban a parar a las manos de un sacerdote Dominico, como estipendio de las indulgencias conseguidas. Pero con el tiempo se volcó al renacer de las artes y de las ciencias, apostatando de su creencia primigenia; y su quehacer pictórico devino en un estilo más libre, pero conservando la forma. Era mayor la fama que tenía, que el dinero que pudiese manejar, porque decía que: “Es necesario vender barato a una gran cantidad de clientes que aprecien nuestro estilo, que codearse con algún príncipe de la corte y tener un porvenir asegurado”.
****
Una hermosa mañana de Boloña, un niño vino corriendo al atelier. Gritaba a voz en cuello: “¡Maestro, maestro, venga a conocer al Divino Rafael!”. Francesco tosió. Dejó el libro miniado, que no estaba leyendo, a un lado, y le cruzó la cara de una bofetada. Obviamente, había oído hablar de Rafael Sancio. Que pintaba como si la mano de Dios le guiara. En ese momento de su vida, tenía muchos burgueses que le habían encomendado retratos. Era por eso que aplazaba su viaje a Roma, para saber qué cosas estaban ocurriendo allí en relación a las artes. El hecho que Rafael viajara a Lombardía le facilitaba las cosas. Tal vez podría conocerlo personalmente. Lo pensó todo un día y toda una noche. Al alborada, decidió buscar entre sus telas, algo potable, como para mostrarle al célebre pintor. Escogió una Madona con el Niño. La enrolló y se la puso bajo el brazo. Y caminó, sin detenerse por nada del mundo, hasta el altar de la corte. Tuvo que atravesar pueblecitos, bosques y ríos. El rigor del frío y el cansancio no parecían afectarle en nada. Tenía sumo cuidado de no estropear su obra debido a las incomodidades de aquél viaje peregrino.
Cuando llegó a destino le reconocieron en seguida. Pero le comunicaron que Rafael ya había dejado la ciudad. Francesco se reclinó sobre su dolor. El Archiduque le tomó del brazo y le dijo: “Maestro, le invitamos a entrar a la capilla de la corte, pues sepa usted que el Divino Rafael ha dejado una pintura suya en el baptisterio”. El viejo pintor se recompuso ante estas palabras: “Queremos conocer una opinión suya, más autorizada que la mía. Yo no entiendo mucho de pintura”, le aseguró el noble.
Francesco Francia se sintió feliz. Pensó: “al menos podré ver el producto de su juvenil mano”. Recobró fuerzas. Hacía ya dos días que no comía ni bebía nada. Lo condujeron hacia el refectorio. Un criado le dio una hogaza de pan y agua fresca. Comió con hambre y bebió con sed, que no son redundancias. Pero seguía oprimiendo contra su pecho la pintura que, ahora con las inclemencias del tiempo y el agitado viaje, se había agrietado por completo. La transpiración había hecho que la parte central se decolorase.
****
La luz del sol de la mañana se filtraba por los vitraux de la capilla, y se descomponía en tonos de azul y verde, con algo de rojo. El altar de la corte era descomunalmente grande. El capellán le dijo a Francesco que la pintura estaba cubierta con un velo, hasta la llegada del Cardenal, quien la bendeciría e incensaría, en presencia del Príncipe y sus dignatarios. El viejo se acercó al lugar. El baptisterio estaba iluminado con una gran cantidad de velitas de cera blanca. Le acercaron una antorcha para aumentar la luz, y le descubrieron el velo. Allí estaba. Una Madona con el Niño, radiante como un sol esplendente. Francia se conturbó con esa visión celestial: “Nunca había visto nada igual”. Dio un paso para atrás y se cayó sentado al piso. Le ayudaron a levantarse. “¿Qué dice Maestro? ¿Cuál es su opinión?”, le preguntó el Archiduque. Pero él no respondió nada. Salió corriendo y se recostó en la nieve. Su pobre pintura, al lado de la del divino Rafael, se terminó de arruinar. Hubo consternación por todos lados.
*****
Francesco caminaba sin rumbo fijo. Pasó por un lugar donde había fuego para calentarse. Era la hoguera que estaba quemando viva a una mujer acusada de brujería. Pero no se dio cuenta. Arrojó la pintura a las llamas. Volvió a su casa extenuado de cansancio. Tenía fiebre, una fiebre propia del ardor de contemplar la más maravillosa opera prima. Sus alumnos le condujeron hasta su cama. No quería hablar. No quería comer nada. Se abandonó en sí mismo. Así estuvo durante una semana, hasta que finalmente, murió. Lo sepultaron en la fosa común.
*****
Luego de la muerte del famoso pintor Francesco Francia, se cerró el taller, y sus obras fueron vendidas por monedas, para cubrir las deudas impagas. Los alumnos se fueron con otros maestros, que les enseñaron las técnicas de la perspectiva. Rafael siguió pintando y siendo aclamado por todas partes de Italia y otros países de Europa. Se enteró de la muerte del viejo pintor, pero no de los acontecimien- tos que devinieron en su oscuro tránsito a la morada de los muertos. Y dijo a todos que: “Seguramente el Maestro estará contemplando a la Madona cara a cara, y ya no necesitará de pinturas ni de imágenes imaginadas”.
Ahora conozco la historia cruel. El maestro ha sido fiel. Fiel a sus principios y a la enseñanza que pretendió divulgar entre los suyos. La historia celebra al Divino Rafael. Pero considero que un solo artista no hace historia. Y la historia de Francesco Francia merece la consideración que en su momento no se le dio, no se le otorgó. Tal vez porque en el fondo, el Maestri se traicionó a sí mismo en su fuero interno.
Dado en Florida Este, el 30 de junio de 2009.
Fiesta de los Primeros Mártires de la Iglesia de Roma.
(por Ariel von Kleist)
“En este mismo instante necesito conocer una historia”. “El saber otorga poder”, dijo el teórico de la Ciencia inglés, Francis Bacon. Y, en este mismo momento, deseo ardientemente conocer la historia que desembocó en “ La extraña muerte del pintor Francesco Francia, conocidísimo en su época y el primero de la escuela Lombarda”. No ya como la relató un romántico alemán (Wilhelm Heinrich Wackenroder), de cuya pluma salieron relatos muy destacados; sino,
olvidando en la medida de lo posible, el influjo del poder del arte, y, desentrañando el trasunto histórico en torno a su figura.
Los alemanes piensan de una manera. Los italianos de otra. Y de los franceses, ni hablar. Pero yo no soy ni alemán, ni italiano, ni francés. Tengo una formación muy especial. Y ansío sacar a la luz esta historia trágica, desenterrándola de entre la maleza de las calumnias.
*****
Se rumoreaba que Francesco era homosexual. No tenía esposa ni hijos. Ocupaba su tiempo tomando bocetos de jóvenes adolescentes, varones en su mayoría. Pensaba que, en la historia de la pintura, era demasiado exuberante el hecho de retratar hermosas mujeres, como hacían todos. Él quería representar otra cosa. Volver a la época dorada de la antigua Grecia, “El siglo de Pericles”; pero enfocando la mirada en los Kuroi, los bellos atletas de los juegos olímpicos. Tenía unos pocos alumnos, también muchachos jóvenes; a quienes educaba en el ejercicio de las artes liberales, manteniendo largas conversacio- nes que rondaban sobre el tema de la filosofía de la pintura. Luego los dejaba en el taller, y se despreocupaba del trabajo que cada alumno hacía en el lienzo. Miraba detenidamente algunos trabajos, pero sugería exiguas correcciones. Se encerraba en sí mismo a la hora de pintar. Pero sus viejos ojos estaban comidos por la fijación intensa de la vista. Y la factura de su obra era muy pobre, a causa de su desgaste físico y mental. El hombre declina cuando es visitado por la vejez.
Un buen día, causa de falsas acusaciones, fue llevado ante un tribunal inquisitorial. Pero no se pudo comprobar fehacientemente su aparente sodomía. Y, después de mandarlo azotar por si acaso, le dejaron ir, y se archivó el caso.
*****
En su juventud había formado una escuela de vida ascética y dedicada por entero a las bellas artes. Tenía a la vista de todos, la obra de Overbeck: “El triunfo de la Religión sobre las artes”. La Madona sobre un frontispicio, sosteniendo al Niño, y, debajo, dos grupos de artistas calculando las tan famosas perspectivas, que se pretendían resaltar en aquella época convulsionada. La historia del Arte los denominó “Pre- Rafaelistas”, aunque en su aparente humildad, no se auto proclamaban con un nombre en especial. Esas cosas son de las primeras Vanguardias del siglo XX, en donde aparecen primero, los manifiestos, y, más tarde, los teóricos del arte. Era otra época. Y el maestro enseñaba su Doctrina por sobre cualquier mancha de especulación racionalista. El producto de la recaudación de los cuadros que se vendían, iban a parar a las manos de un sacerdote Dominico, como estipendio de las indulgencias conseguidas. Pero con el tiempo se volcó al renacer de las artes y de las ciencias, apostatando de su creencia primigenia; y su quehacer pictórico devino en un estilo más libre, pero conservando la forma. Era mayor la fama que tenía, que el dinero que pudiese manejar, porque decía que: “Es necesario vender barato a una gran cantidad de clientes que aprecien nuestro estilo, que codearse con algún príncipe de la corte y tener un porvenir asegurado”.
****
Una hermosa mañana de Boloña, un niño vino corriendo al atelier. Gritaba a voz en cuello: “¡Maestro, maestro, venga a conocer al Divino Rafael!”. Francesco tosió. Dejó el libro miniado, que no estaba leyendo, a un lado, y le cruzó la cara de una bofetada. Obviamente, había oído hablar de Rafael Sancio. Que pintaba como si la mano de Dios le guiara. En ese momento de su vida, tenía muchos burgueses que le habían encomendado retratos. Era por eso que aplazaba su viaje a Roma, para saber qué cosas estaban ocurriendo allí en relación a las artes. El hecho que Rafael viajara a Lombardía le facilitaba las cosas. Tal vez podría conocerlo personalmente. Lo pensó todo un día y toda una noche. Al alborada, decidió buscar entre sus telas, algo potable, como para mostrarle al célebre pintor. Escogió una Madona con el Niño. La enrolló y se la puso bajo el brazo. Y caminó, sin detenerse por nada del mundo, hasta el altar de la corte. Tuvo que atravesar pueblecitos, bosques y ríos. El rigor del frío y el cansancio no parecían afectarle en nada. Tenía sumo cuidado de no estropear su obra debido a las incomodidades de aquél viaje peregrino.
Cuando llegó a destino le reconocieron en seguida. Pero le comunicaron que Rafael ya había dejado la ciudad. Francesco se reclinó sobre su dolor. El Archiduque le tomó del brazo y le dijo: “Maestro, le invitamos a entrar a la capilla de la corte, pues sepa usted que el Divino Rafael ha dejado una pintura suya en el baptisterio”. El viejo pintor se recompuso ante estas palabras: “Queremos conocer una opinión suya, más autorizada que la mía. Yo no entiendo mucho de pintura”, le aseguró el noble.
Francesco Francia se sintió feliz. Pensó: “al menos podré ver el producto de su juvenil mano”. Recobró fuerzas. Hacía ya dos días que no comía ni bebía nada. Lo condujeron hacia el refectorio. Un criado le dio una hogaza de pan y agua fresca. Comió con hambre y bebió con sed, que no son redundancias. Pero seguía oprimiendo contra su pecho la pintura que, ahora con las inclemencias del tiempo y el agitado viaje, se había agrietado por completo. La transpiración había hecho que la parte central se decolorase.
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La luz del sol de la mañana se filtraba por los vitraux de la capilla, y se descomponía en tonos de azul y verde, con algo de rojo. El altar de la corte era descomunalmente grande. El capellán le dijo a Francesco que la pintura estaba cubierta con un velo, hasta la llegada del Cardenal, quien la bendeciría e incensaría, en presencia del Príncipe y sus dignatarios. El viejo se acercó al lugar. El baptisterio estaba iluminado con una gran cantidad de velitas de cera blanca. Le acercaron una antorcha para aumentar la luz, y le descubrieron el velo. Allí estaba. Una Madona con el Niño, radiante como un sol esplendente. Francia se conturbó con esa visión celestial: “Nunca había visto nada igual”. Dio un paso para atrás y se cayó sentado al piso. Le ayudaron a levantarse. “¿Qué dice Maestro? ¿Cuál es su opinión?”, le preguntó el Archiduque. Pero él no respondió nada. Salió corriendo y se recostó en la nieve. Su pobre pintura, al lado de la del divino Rafael, se terminó de arruinar. Hubo consternación por todos lados.
*****
Francesco caminaba sin rumbo fijo. Pasó por un lugar donde había fuego para calentarse. Era la hoguera que estaba quemando viva a una mujer acusada de brujería. Pero no se dio cuenta. Arrojó la pintura a las llamas. Volvió a su casa extenuado de cansancio. Tenía fiebre, una fiebre propia del ardor de contemplar la más maravillosa opera prima. Sus alumnos le condujeron hasta su cama. No quería hablar. No quería comer nada. Se abandonó en sí mismo. Así estuvo durante una semana, hasta que finalmente, murió. Lo sepultaron en la fosa común.
*****
Luego de la muerte del famoso pintor Francesco Francia, se cerró el taller, y sus obras fueron vendidas por monedas, para cubrir las deudas impagas. Los alumnos se fueron con otros maestros, que les enseñaron las técnicas de la perspectiva. Rafael siguió pintando y siendo aclamado por todas partes de Italia y otros países de Europa. Se enteró de la muerte del viejo pintor, pero no de los acontecimien- tos que devinieron en su oscuro tránsito a la morada de los muertos. Y dijo a todos que: “Seguramente el Maestro estará contemplando a la Madona cara a cara, y ya no necesitará de pinturas ni de imágenes imaginadas”.
Ahora conozco la historia cruel. El maestro ha sido fiel. Fiel a sus principios y a la enseñanza que pretendió divulgar entre los suyos. La historia celebra al Divino Rafael. Pero considero que un solo artista no hace historia. Y la historia de Francesco Francia merece la consideración que en su momento no se le dio, no se le otorgó. Tal vez porque en el fondo, el Maestri se traicionó a sí mismo en su fuero interno.
Dado en Florida Este, el 30 de junio de 2009.
Fiesta de los Primeros Mártires de la Iglesia de Roma.
El modelo vivo
Por Ariel von Kleist
a)
“Serafín, el más irrepetible de los mozos del bar bohemio, necesitó veinte años de argumentos para convencer a todos de que” su relación con el pintor era sólo profesional. El artista tiene una especial inclinación a contemplar la belleza de las personas. Y no hace diferencia de sexos. Además, se sentía hastiado de representar en sus telas la belleza femenina. Muchos lo han logrado con éxito. Pero él, Francesco, fue visitado por un “Muso”, que le reveló el encanto juvenil de Serafín. Se le acercó sin temor y sin vueltas. Lo invitó a tomar una copa de vino blanco seco. Entonces le propuso que sea su modelo.
Serafín necesitó más de veinte minutos de argumentos para tratar de convencer al maestro de que él no era el más irrepetible de los mozos del bar bohemio. Había otros muchachos. Pero el hombre, ya entrado en años, lo escuchó con paciencia. Luego levantó la mano y lo hizo callar. Le explicó con brevedad y concisión, que con el tiempo, Serafín podría modelar como un modelo profesional. Le recalcó que tenía que vencer sus prejuicios y le propuso que comenzara modelando vestido.
****
b)
El tiempo hizo lo suyo, y la carrera de Francesco fue muy ascendente. Recibió muchos encargos que le permitieron dar una buena paga a Serafín por los servicios prestados. Cuando terminaban la sesión en el atelier, iban a comer al club, cada vez más tarde.
Como las cosas se suceden en forma concatenada, surgió un interés de parte de los socios vitalicios del club bohemio, para que el maestro exponga algunos de sus trabajos. Francesco se tomó unos días. Tuvo que seleccionar las obras solo, porque en este caso, no había intervención de ningún curador. No dudó en presentar los mejores desnudos de Serafín, pero no le dijo nada.
En la inauguración las opiniones fueron muy repartidas. Y Serafín estaba muy serio, casi diría que se puso pálido. Se retiró antes del brindis, acosado por las preguntas tontas de si él era efectivamente el modelo.
c)
No dejó de frecuentar el club. Esos veinte minutos de argumentos inocentes se transformaron en veinte años de vergüenza. Luego de tantos años, su belleza se marchitó, como es natural. Ya no importaba el maestro que lo había inmortalizado. Había muerto hace mucho. Importaba clamar por una verdad, que nunca fue creída.
Dado en Florida Este, el jueves 13 de agosto de 2009.
Dedicado a mis profesores, Héctor Leni, de quien aprendí la filosofía del arte; y
Germán Caporale, de quien aprendí técnica y rigor crítico.
Por Ariel von Kleist
a)
“Serafín, el más irrepetible de los mozos del bar bohemio, necesitó veinte años de argumentos para convencer a todos de que” su relación con el pintor era sólo profesional. El artista tiene una especial inclinación a contemplar la belleza de las personas. Y no hace diferencia de sexos. Además, se sentía hastiado de representar en sus telas la belleza femenina. Muchos lo han logrado con éxito. Pero él, Francesco, fue visitado por un “Muso”, que le reveló el encanto juvenil de Serafín. Se le acercó sin temor y sin vueltas. Lo invitó a tomar una copa de vino blanco seco. Entonces le propuso que sea su modelo.
Serafín necesitó más de veinte minutos de argumentos para tratar de convencer al maestro de que él no era el más irrepetible de los mozos del bar bohemio. Había otros muchachos. Pero el hombre, ya entrado en años, lo escuchó con paciencia. Luego levantó la mano y lo hizo callar. Le explicó con brevedad y concisión, que con el tiempo, Serafín podría modelar como un modelo profesional. Le recalcó que tenía que vencer sus prejuicios y le propuso que comenzara modelando vestido.
****
b)
El tiempo hizo lo suyo, y la carrera de Francesco fue muy ascendente. Recibió muchos encargos que le permitieron dar una buena paga a Serafín por los servicios prestados. Cuando terminaban la sesión en el atelier, iban a comer al club, cada vez más tarde.
Como las cosas se suceden en forma concatenada, surgió un interés de parte de los socios vitalicios del club bohemio, para que el maestro exponga algunos de sus trabajos. Francesco se tomó unos días. Tuvo que seleccionar las obras solo, porque en este caso, no había intervención de ningún curador. No dudó en presentar los mejores desnudos de Serafín, pero no le dijo nada.
En la inauguración las opiniones fueron muy repartidas. Y Serafín estaba muy serio, casi diría que se puso pálido. Se retiró antes del brindis, acosado por las preguntas tontas de si él era efectivamente el modelo.
c)
No dejó de frecuentar el club. Esos veinte minutos de argumentos inocentes se transformaron en veinte años de vergüenza. Luego de tantos años, su belleza se marchitó, como es natural. Ya no importaba el maestro que lo había inmortalizado. Había muerto hace mucho. Importaba clamar por una verdad, que nunca fue creída.
Dado en Florida Este, el jueves 13 de agosto de 2009.
Dedicado a mis profesores, Héctor Leni, de quien aprendí la filosofía del arte; y
Germán Caporale, de quien aprendí técnica y rigor crítico.
domingo, 28 de junio de 2009
Magia Negra
El Conjuro
por Ariel van Ruysbroeck
(refundición del 16 de mayo de 2009)
(corrección de estilo del 28 de junio de 2009)
“De pronto escucha pasos sigilosos que se aproximan. Una sombra se agiganta en el espejo frente a sus ojos. Una mano se tiende hacia ella. El horror la paraliza”. La mano chasquea los dedos y una llama de fuego se enciende sobre la palma de la sombra.
“Has llamado a la reina de las tinieblas”, dice con voz gruesa.
“¡Oh Êvelin!”
“¿Qué se te ofrece? ¿Por qué me has invocado, Porcia?”
“¿Cómo sabe mi nombre?”
“¡Yo lo sé todo!” Y ríe con estridencia. “Y yo sé también lo que quieres”.
Êvelin era una bruja maligna. Había sido parida en una noche de terror. Su rostro era pálido como el de un fantasma, pero tenía una belleza seductora. Vestía una toga morada y tenía el cabello recogido.
Porcia la mira a través del espejo y no se anima a enfrentarla cara a cara.
“¡No tengo toda la noche!” dice imperativamente ,“pídeme tu deseo y yo te complaceré”.
“Quiero que...” se le quiebra la voz ,“quiero que te lleves a mi hijo a tu castillo en los Cárpatos. Unos sicarios del rey pretenden matarlo, porque tiene la marca del sello en su mano derecha. Por favor... tan sólo hasta que muera el rey”.
“¡Ah me lo figuraba! ¿Y qué se supone que deba yo hacer con el pequeño?”
“Enséñale tus artes mágicas”. Porcia toma coraje inusitado y se da vuelta a mirarla de frente. “Pero si llego a enterarme que a la criatura le tocas un solo pelo, te juro, como que me llamo Porcia, que te buscaré hasta el mismísimo fin del mundo, y te arrancaré los ojos con mis propias manos”.
“Muy romántico”, le contesta con tono irónico.“¡Hágase!”, y pronuncia las palabras mágicas: “Sikala kala... kala, skú”.
Se abre un vórtice en la pared del fondo, bajo un retrato del rey, vestido de militar sobre un corcel negro. La reina Êvelin va hacia la cuna, decidida. Toma al bebé en sus brazos y dice: “Hermoso niño. Tiene los ojos de su padre”.
Y con voz más gutural “Yo, la reina Êvelin te concedo tu deseo. Pero a cambio te quedarás muda para siempre: Ajh mabajh talajh skú”.
Porcia comienza a toser. Y se lleva ambas manos a la garganta. Se revuelca por el suelo, mientras que la bruja se retira por el boquete arremolinado del muro. No puede pronunciar palabra alguna.
La pared se reconstruye sola. Un rayo surca el cielo cargado de nubes. Comienza a llover en esa noche fatigosa. Y el espejo se parte en mil pedazos.
FIN
Dado en Florida Este, el 3 de mayo de 2009.
Nota: a este texto le faltaría el comienzo. Pero no obstante, debe caer en el más absoluto olvido. Le dejo al lector el beneficio de la duda.
viernes, 26 de junio de 2009
Estación Terminal
( por Ariel Kierkegaard)
( por Ariel Kierkegaard)
“Zulema corría por los andenes de la Estación, sin notar que el tren ya había partido”. El Tren Bala se fue y Zulema no podía encontrar al amado de su alma. El viaje inaugural era de ida y vuelta. Por lo que a la salida de una formación le sucedía la llegada de otra. La Estación Terminal era un edificio de cristal, un edificio inteligente. Era amplia e iluminada por el sol que se filtraba a través de ventanas de vitraux estilo abstracto. Los colores se multiplicaban en la proyección del sol de mediodía. Predominaba el ámbar, el azul celeste y el amarillo.
El amado, que su corazón anhelaba, le había prometido que: “Aun- que la curiosidad atrayente de ese evento provocase un conglomerado de gente, igual iré a verte”. Zulema corría y se topaba con personas vestidas de fiesta. No oía nada. Era tal el tumulto, que no oía. Mas bien quería, deseaba verlo a él.
Una mano se posó sobre su hombro que la detuvo.
“Señora, ¿se encuentra bien?”
Zulema volvió a la realidad. Quería, necesitaba recobrar la calma.
“¿Quién es usted?” le preguntó.
“Soy del personal de seguridad del Tren Bala. ¿Busca a alguien en particular?”
“¿Cómo sabe eso?” respondió azorada.
“No es que lo sepa”, le sonrió el hombre, “el personal de La Estación Terminal del Tren Bala está preparado por cualquier contingencia... le noto muy nerviosa. ¿No quisiera pasar a la Sala de Espera para Señoras?”
“Por favor” y Zulema se fue tranquilizando.
“Es por aquí” le indicó el guarda. Y también, guiándose por los letreros en las pantallas de plasma, fue conducida al Lobby del Tren Bala.
La gente se aprestaba a tomar el próximo tren. Ya que ese día era el inaugural, y la facilidad de las velocidades lo permitían, la sincronía de los horarios admitía salidas menos espaciadas. Se sentó en un cómodo sillón de felpa rozado. Pensó: “Ricardo, ¿porqué me dejaste?” y una furtiva lágrima surcó su pómulo izquierdo.
De pronto se escuchó por el altoparlante: “Sra. Swartz, presentarse el boletería, repito; Sra. Swartz, presentarse en boletería”. Se sobresaltó. No esperaba que la nombrasen de esa manera. Y se inquietó como antes: “¡Es él, ha venido!”. Corrió hacia la boletería. Las cabinas eran herméticas. De vidrio blindado. Se sacaban los pasajes por una ranura, y se hablaba con los boleteros, a través de micrófonos incorporados bajo un pequeño ojo de buey. Uno de ellos le dijo con una voz ya deformada por la tecnología: “Sra. Swartz, pase por la puerta que está a su derecha, por favor”. Se abrió una puerta automática metalizada. Entró y vio un pequeño mostrador. Una secretaria que tecleaba una computadora le dijo: “¿Es usted Zulema Swartz?” “Así es”. Y la empleada, prolijamente uniformada de blanco, le extendió un paquete. “Hay una encomienda a su nombre”.
El siguiente Tren Bala partió velozmente. La secretaria le dijo: “Firme aquí por favor”, y le extendió un formulario. Zulema estaba tan confundida, que garabateó un gancho que nada tenía que ver con su verdadera firma. Tomó en sus manos una caja envuelta en papel ilustración con el logotipo del Tren Bala, un fabuloso tren aerodinámico en perspectiva, que parecía un misil en pleno vuelo. La abrió. Le temblaban las manos. Dentro encontró una rosa roja y una tarjetita que decía:
Mi amada:
como no pude llegar a tiempo,
te envío una flor.
Así se reunirán la rosa con La Rosa,
Ricardo.
Y Zulema lloró. Pero esta vez de alegría.
Dado en Florida Este, el 23 de junio de 2009, vísperas de
La noche de San Juan Bautista.
sábado, 20 de junio de 2009
El Psicótico
El psicótico
Por Ariel von Kleist
... el neurótico obsesivo tiene miedo
de lo que él podría llegar a hacer.
(Viktor E. Frankl)
“Cómo puedo estar diciendo esto cuando estoy” en el cuarto de contención de la clínica psiquiátrica.
“¡Yo soy inteligente!”, exclamé en el consultorio. Y a los gritos: “¡No me falta seso!”. La doctora gritaba: “¿¡Podés parar Ariel!?” , mientras que la enfermera preparaba una inyectable.
Cuando me sujetaron entre cuatro me dijeron: “vení chiquito que esto no te va a doler nada”. Y sentí que me clavaban la aguja, que parecía que me la enchufaban hasta el hueso. Apreté los dientes. Me sentaron a los empujones a una silla y me ataron con correas. Comencé a marearme. “A ver el cárdex de este muchacho”. Y le dieron una hoja del fichero. “Le vamos a hacer un ajuste del halopidol y lo mandamos al spá”, dijo la doctora con la calma ya recuperada. “Hay que avisarle a la familia que le lleven ropa, y que vengan a firmar los papeles de la internación”.
“¡No!”, grité, y me abalancé sobre la psiquiatra con silla y todo. Me caí al suelo. Y después tengo recuerdos borrosos. “A ver Silvia si sos valiente y lo levantás del piso...” fue lo último que escuché. Me dormí como un elefante. Cuando desperté sentía el sonido de una sirena y mucho mareo.
Me bajaron en una camilla y me recostaron en el Office de enfermería. Un hombre de guardapolvo blanco, que tenía una serie de papeles en la mano, y los hojeaba, dijo: “mejor sáquenle las cuerdas”. Se acercó hacia mí. Las enfermeras se retiraron. Me miró, me sonrió y me preguntó: “¿Cuál es su nombre?” Y se quedó esperando una respuesta que nunca llegó. “¿Qué pasó amigo?”, dijo más conciliador. Pero hubo un silencio más prolongado. “¿No vas a hablar? ¿Te tengo que decir como a los chicos, si te comieron la lengua los ratones? Con un terrible dolor de cabeza me incorporé y le quité la lapicera de la mano. Se la clavé en la pierna, que fue el único lugar donde pude asestar el golpe, porque me volví a caer. “¡Susana, Leticia!” pegó un alarido el médico. Entraron varias personas de ambo verde, pero ya no veía nada por el dolor y el mareo. “¡Llévenlo arriba y átenlo bien fuerte!... esta fue la admisión más breve de toda mi carrera”, dijo, mientras de un tirón se quitó la punta de la lapicera. Me forzaron a atravesar pasillos y escaleras, donde pesadas rejas se cerraron tras de mí.
Pasé toda una noche lluviosa. A las seis de la mañana, me bañaron y me dieron un pan con mate cosido. “Te ganaste el premio mayor”, me dijo el enfermero de turno, y me aplicó otro inyectable. Sentí como si se me soltara la lengua.
“No sé por qué estoy acá”, hice una pausa. “Lo único es que me pelié con mi mujer y la revolié una tijera”. Respiré. “Y no sólo eso. Agarré la plancha, y se la chanté en la cara, y le dije: ¡andá a planchar mondongo!”. Y el enfermero me miró sin decir nada. Entonces volví a decir: “Si soy inteligente... ¿cómo puedo estar diciendo esto?”
FIN
Dedicado a la Dra. Alicia Pino,
en Martínez, el 11 de junio de 2009.
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